¿Necesitas contratar a alguien para tu equipo y no te dejan?
Es tentador pasar buena parte del día pensando en ese refuerzo que no llega. Nos encontramos pidiendo más gente y quejándonos porque no nos autorizan. No es que esté mal pedir recursos; el problema es que, muy seguido, actuamos como si el “sí” de nuestro jefe fuera la solución mágica, olvidando que en tiempos de eficiencia extrema, incluso si nuestro jefe está de acuerdo, tendrá que pelearlo y priorizar ese cupo frente a otros pedidos. Lo mismo ocurrirá en cada nivel de escalamiento.
En el feliz caso de que lo lleguen a aprobar, comienzan las búsquedas, las entrevistas y los meses de adaptación de alguien nuevo... hasta que realmente rinda para un escenario que, para entonces, ya habrá cambiado.
Entre el agotamiento y el aislamiento
Seguimos trabajando con la misma intensidad, como si el alivio fuera a llegar mañana. Ahí es donde nos drenamos: intentando sostener el cielo con las manos. Queremos controlar lo incontrolable.
Ya agotados y sin planificación, priorizamos bruscamente sin avisar a nadie. Recortamos entregables o demoramos respuestas sin diálogo previo con nuestros stakeholders clave, muchas veces por miedo a tener conversaciones difíciles.
Cambiar cómo pensamos
Entonces, en paralelo al pedido de recursos, necesitamos ajustar nuestro paradigma. Nuevamente: no se trata de negar nuestra necesidad, sino de entender que el presente va a durar más de lo que nos gustaría y decidir qué haremos mientras tanto.
¿Qué conversaciones no me estoy animando a tener por miedo a la exposición?
¿A qué acuerdos de calidad llegué que hoy son imposibles de cumplir?
¿Cuál es el Costo de no renegociar hoy? ¿Qué va a pasar si sigo así tres meses más? (Fuga de talento, equipo quemado o proyectos críticos que se caen en silencio).
Reconocer dónde estamos parados realmente y qué obstáculos estamos ocultando es el primer paso.
Compartir el peso
No podemos cargar con esto solos. Si el recurso no está, la capacidad de respuesta es la que es. Y esa realidad hay que compartirla con quienes nos demandan resultados (jefes, clientes, otros sectores). Influir en quienes deciden no es solo pedir más gente; es sentarlos a nuestra mesa para que nos ayuden a decidir qué se hace y qué no con lo que tenemos hoy.
La clave es decir: “Con los recursos actuales no llegamos a todo. Estas son las opciones de prioridad que diseñé; ¿qué otras alternativas consideras tú?”.
Aquí algunas formas de aterrizar esa charla:
Sincerar el calendario: “Con el equipo actual, llegar a esta fecha implica descuidar X o Y. ¿Qué prefieres que prioricemos?”.
Mover la línea de llegada: No se trata de cancelar proyectos, sino de escalonarlos. Si no hay manos extra, los plazos tienen que estirarse para que la calidad no se rompa. O tal vez, renegociar qué significa “suficientemente bueno” para esta etapa.
Rediseñar el “cómo”: Revisar qué tareas hacemos por pura inercia o burocracia y preguntar: “¿Qué pasa si pausamos esto por tres meses para enfocarnos en lo urgente?”.
Proyectar la carga futura: Al pedir recursos, no pensemos sólo en el ahora. Es tentador aceptar “uno para ya”, pero hay que visibilizar el impacto de no absorber el trabajo adicional. Pedir de menos para facilitar la aprobación puede funcionar, pero también puede minar nuestra credibilidad si, tras la contratación, los objetivos siguen sin cumplirse porque los cálculos iniciales estaban mal.
Claro, siempre podemos decir que con “esta gente” no se puede hablar. Por supuesto, hay contextos donde la apertura es escasa. Pero antes de dar la batalla por perdida, vale la pena revisar si realmente probamos estos pasos. He notado con frecuencia que cuando transparentamos la capacidad real, la recepción es mucho mejor de lo que anticipamos.
¿Quieres que pensemos juntos una estrategia frente a la falta de recursos? Coordinemos una llamada sin cargo para conocernos y que veas cómo podemos trabajar.

